Tetli, de la Mano de Hierro

 I

Tepuxtli Tlacoyan, la Puerta de Hornos, es una enorme fortaleza regentada por Arioch Damabiath, el Caballero de la Llama, quien recibió dicho título de Annes-Ela, la Madre de Todos, tras darse por concluida la Tlamic Tlatoh o la Última Gran Purga. Esta fortaleza, ubicada en el sur de Iztacatlalli, o las Tierras Blancas, sirve como protección contra los posibles peligros e invasiones demoníacas que pudiesen venir del enorme desierto helado que se extiende hasta quién sabe dónde.

Los proscritos son ángeles que no sirven a ninguno de los cinco caballeros de Annes-Ela, no tienen tierras y se manejan en pequeños grupos que no superan las doscientas almas. Suelen vagar por todo el continente en busca de asentamientos temporales, donde entran en constante disputa con las casas vasallas de los caballeros, quienes ven sus tierras invadidas por quienes consideran parias e indeseables.

Una vez explicado todo eso, es hora de contar la historia de Tetli, la Que no Llora, de la Mano de Hierro, escudera de Tepuxtli Tlacoyan.


II

Pasó hace tanto que no logro recordar mucho; incluso si alguien me dijera que el cielo era verde y el Tlacualtiatl Xochimiztli, aquel enorme mar, fuese negro en lugar de blanco, le creería. Arioch descansaba en sus estancias frente al fuego, recuperando el calor que el aire le había arrebatado esa mañana cuando salió a supervisar la llegada de víveres y combustibles que habían llegado desde el puerto de Gelardon, hasta que su descanso fue interrumpido por un oficial que gritaba a su puerta.

—¡Señor! —el vapor de su voz le tapó la cara y se metió en su yelmo, mientras el calor de la estancia era aniquilado poco a poco por la corriente helada que se escurría de afuera—. Un grupo de salvajes se ha plantado afuera de la fortaleza y exige hablar con el señor de la Puerta.

—Veo que ya se han perdido los honores entre ellos, mira que llamarme solo "señor de la Puerta" —el ángel se puso de pie. La pesada piel que lo cubría resbaló con torpeza, dejando al descubierto un cuerpo nardo, cubierto por prendas de sencilla manta color crema—. Hazme un favor, pásame mi abrigo —dijo con su tono ronco al mismo tiempo que la piel golpeaba el suelo con un grave susurro.

—¿Va a mediar palabra con esos salvajes? —preguntó el oficial, acariciando el pomo de su espada con un gesto ominoso—. Sabe usted que con una orden mis hombres y yo nos encargamos de cada uno de ellos.

—Primero, no juegues con tu espada. No quiero que me quites más dedos, ese privilegio solo lo tiene el frio. Segundo, eres nuevo, ¿verdad? —un sonoro suspiro concluyó su interrogatorio.

—No, señor —replicó el oficial manteniendo una pose rígida, mientras soltaba lentamente su espada—. Llevo aquí algunos años.

—Entonces, ¿por qué te refieres a los proscritos como salvajes? Un consejo: si aprecias tu brillante armadura o, mejor... si aprecias la piel que hay debajo de tu coraza, es mejor que no les digas así delante de ellos; no suelen ser... tranquilos cuando se les llama así.

—Entiendo, señor —contestó el otro con la voz crispada.

    —¿Mi abrigo? —preguntó su señor. El aire ya empezaba a lamerle la piel y a roerle los huesos.

—Disculpe —el oficial agachó la cabeza, dejando caer las plumas rojas de su penacho que coronaba su casco negro, y corrió a la esquina de la habitación haciendo sonar y rechinar las placas de su armadura—. Disculpe —repitió extendiéndole el abrigo.

El abrigo de piel negra encajaba a la perfección con el señor de Tepuxtli Tlacoyan, un ángel cabello negro como el carbón que alimentaba las hogueras de la fortaleza, que cuando no lo llevaba suelto cayendo como un chorro de alquitrán sobre su espalda, lo peinaba en una gruesa trenza aceitada que se deslizaba sobre su piel pálida, carente del contacto del astro rey.

El ángel salió envuelto en su abrigo, que apenas servía para protegerse del aire que cortaba como cuchillo. La luz exterior lo cegó y la corriente le secó los ojos, obligándolo a cerrarlos. Los descansó unos segundos y los volvió a abrir: unos círculos verdes con vetas de mar, que se deslizaban por todo el iris hasta extinguirse en el abismo negro de su centro.

—Están en la puerta hacia los dominios de Nuestra Madre. Acompáñeme, señor —el oficial lo acompañó hacia el patio, donde era día de mercado y el pandemonio de los mercaderes reinaba e imponía ley—. Usted primero.

—Gracias... —la pareja se encaró al gentío que se escurría por cada recoveco de la fortaleza.

En compañía del guarida, el señor del último bastión de la bondad de Annes-Ela se deslizó por el patio, que se encontraba entre gruesas paredes negras que albergaban en su interior tuberías por las cuales corría agua hirviendo, impidiendo que hiciese tanto frío a ras de suelo y que la gente pudiese salir sin mayor protección que un grueso suéter.

—¡Señor! —lo reconoció un montículo de mantas que se encargaba de vender pescado y carne salada—. Venga, pruebe este pescado, es traído desde la Laguna de Gatsu, o pruebe el reno; no es de rastro, es silvestre, mis hermanos lo cazaron, está recién sacado de la sal.

—Muchas gracias, pero no me gusta mucho el reno —contestó Arioch mientras los habitantes de la fortaleza, de todas las edades y colores, comenzaban a gravitar entorno a él, atraídos por su autoridad.

—¡Señor! —lo llamó una anciana con los ojos blancos que se cubría con un abrigo de retazos de piel, lo que le daba un aspecto multicolor—... hace días que el agua no pasa por las tuberías de mi casa; dormir ahí es como dormir sobre un bloque de hielo arropado con nieve.

—Mi señor —lo llamó una mujer negra desde su puesto. Tenía las alas desenfundadas y un niño le pintaba las plumas de colores, desde el rojo hasta el azul, y cada vez que ella se movía, los colores ondeaban y la pintura sin secar salpicaba a su alrededor—. Necesitamos guardias en los patios y los caminos; esta misma mañana acaban de asaltar a mis hermanos y les arrebataron pieles que habían traído desde las Tierras de la Madera; no he hecho cuentas, pero creo que no quiero saber cuánto perdí con eso.

—Veremos qué se puede hacer —le contestó el caballero aflojándose el abrigo. Por suerte, las tuberías y el agua caliente funcionaban.

—No necesito que se “vea”, necesito que se haga algo —le dirigió un dedo acusador, provocando que el escolta de Arioch se interpusiera—… necesitamos más de sus Mechas Negras en los patios, ya hay muchos cuidando el sur donde no hay nada —le espetó la mujer clavándole sus ojos morados.

El caballero apartó a su guardia y vio fijamente los ojos de la mujer, quien le arrebató una sonrisa que aleteó en su rostro:

—Está bien. Mañana habrá cincuenta Mechas Negras marchando por los patios... En cuanto a las pieles, buscaremos a quien fue y yo me encargaré de cortarle las manos; en menos de unos días las tendrá colgando en el tendedero.

—Gracias, mi señor —le contestó la mujer—. ¡Que la brisa del sur lo abrigue!

—Igualmente —le tomó la mano antes de que la mercadera regresara a su puesto, donde el niño ya la esperaba con más pintura entre los dedos.

—Mi señor —lo llamó una tercera mujer. Era pequeña y regordeta, de escasos pelos rojizos en el cráneo que luchaba por ocultar tras un gorro de lana. Iba jalando a un niño pequeño que apenas le llegaba al pecho—… por favor, tome a mi hijo como aprendiz de Mecha. Mi esposo también fue su aprendiz; murió en batalla, en el asedio a Cuacuaheu Acalli. El niño es pequeño, pero crecerá como su padre, fuerte y valiente, mi señor.

Mientras la mujer hablaba, entre sus faltas se retorcía un niño que era jalado por el brazo. Se trataba de un niño enclenque, que aun cargaba los dientes de leche detrás de los labios, que veía al señor de la puerta con una mueca torcida, fruto de la sorpresa y el miedo.

—Lo tendré en cuenta, solo que es un poco pequeño para servir en la Puerta —esbozó una sonrisa mientras contestaba, alejándose discretamente de aquella mujer, que seguía extendiendo al niño en dirección a Arioch.

Se libró de la multitud al poco tiempo, prometiendo cosas y asegurando que otras se resolverían a la brevedad. De los reinos a cargo de los señores, el encabezado por Tepuxtli Tlacoyan era el que más necesitaba cosas, no sólo por su difícil ubicación y el clima, sino porque era el que más se vigilaba para evitar invasiones, como en la Segunda Cruzada Demoníaca, junto a Huitztlanacan, el Bastión de Rompeolas, en las costas del Tlacuatialtl Xochimiztli, por lo que siempre se necesitaban hombres y recursos, cosas por las cuales, la Puerta no se caracterizaba.

Arioch llegó a la muralla, pero todavía le quedaba un enorme camino de escaleras crujientes hasta la cima, una cima ventosa donde un grupo de Mechas Negras se amontonaba con la vista hacia afuera. Aún estando abajo, Arioch podía escuchar los murmullos de estos:

—¿Cuántos serán? ¿Unos cien?

—¿Estás ciego o no sabes contar? Deben de ser unos quinientos, tal vez un poco más.

El señor subió las escaleras, que de tan empinadas casi parecían de mano, hasta que llegó al tope de la muralla.

—Mi señor —lo saludó un guardia que lo había reconocido, inclinándose y dejando caer las plumas de su penacho rojo.

Todos lo imitaron al ver al ángel: unos con palabras y movimientos más estrafalarios, otros más tranquilos y solemnes, incluso hubo uno que otro que lo hacía de mala gana.

—¿Dónde están los proscritos? —el señor se arrebujaba en sus pieles, sintiendo cómo sus cejas se congelaban con el pasar de los segundos.

—Por fuera de la muralla, exigen hablar con usted —contestó uno con la cara oculta tras la sombra del yelmo y una bufanda que solo dejaba a la vista unos ojos negros.

—Veamos qué quieren —todos le abrieron paso a su señor, que se asomó por el borde de la muralla, esperando encontrarse al grupo de ángeles.

Y los vio: era una inmensa caravana de proscritos, envueltos en pieles, trapos y mantas que habían hecho antes de partir, pero en la vanguardia resaltaba uno, el único que usaba un caballo que no fuera para jalar carros, el único que llevaba la cara descubierta.

—¡Yoffiel! —gritó el señor de la Puerta, olvidando el frío, al no creer a quien veía tras sus murallas—, Yoffiel Grigori.

—Abre la puerta, Arioch —le contestó en seco, sin cortesías o títulos.

—Según yo, oí decir de tu propia boca que no querías ninguna ayuda de los ángeles de la Puerta —replicó el caballero, buscando en el rostro de su interlocutor una expresión, cualquiera, pero solo encontró una indiferencia glacial—. Dijiste que la próxima vez que te molestáramos me romperías las piernas, que me atarías a dos caballos para ver cómo me partían a la mitad... ¿o fuiste más explícito? No lo recuerdo —soltó una carcajada que emanó vapor, que no tardó en ser barrido por el aliento del glaciar.

—No vengo mendigando tu ayuda, falso caballero —espetó Yoffiel alzando la mirada. Estaba rodeado de hombres armados con espadas melladas, hechas a mano y dadas forma con martillos torpes y blandos—. ¡Que nuestra madre nos libre!

—Deberías estar agradecido, proscrito —se apresuró a gritarle un hombre, mejor dicho, un niño con la armadura negra que temblaba, pero no por el frío, sino por un miedo neonato que le comía las entrañas—. Nuestro señor te ofrece abrigo, protección, alimento; más de lo que salvajes... criminales y herejes como ustedes merecen.

—¡Guarda silencio! —la voz de Arioch tronó como un martillazo sobre un yunque—. Y si no lo haces, te rompo la mandíbula. Por favor, continúa, Yoff.

—Que continúe tu perro; me interesa mucho lo que opina de mí y mi gente, por favor —le dio la palabra al joven, que no la tomó; solo guardó silencio. Su acero tembló y chilló, pero su boca no se abrió—. Como lo pensé. Deberías enseñarles a tus perros a no amedrentarse cuando alguien les alza la voz.

—Si solo vienes a molestar, creo que el que saldrá con las piernas rotas es otro —el ángel no despegó la mirada. La mitad de los presentes podía jurar que, por un momento, el verano tocó el sur por el calor que emanaban sus palabras—. ¿Crees que tu caballo tenga la fuerza para partirte a la mitad, o tendré que usar caballos de verdad? De los que te dan miedo.

Las palabras fueron suficientes para que los proscritos armados desenvainaran e hicieran mano de sus escudos de roble y cuero. Los de la muralla, por su parte, los imitaron, soltando un sonido de metal que ponía la piel de gallina: el preludio de una pelea.

—Guarden sus armas —ordenó Yoffiel con un gesto de la mano. Sus hombres obedecieron, pero no los de negro de la muralla—. Arioch, tengo mujeres, algunas preñadas o con niños de pecho, tengo ancianos y hombres trabajadores que nunca han blandido una espada.

—Yo también —replicó el ángel—. Dime qué es lo que quieres o lárgate.

—Solo ábrenos las murallas; vamos al sur.

—En el sur no hay nadie a quien puedan molestar.

—Exactamente —dijo Yoffiel. En ningún momento su expresión cambió, seguía férrea como la espada bastarda que cargaba en su espalda—. Vamos donde no hay nadie, para que nadie nos moleste.

—Solo vas a morir, Yoffiel. En el sur no crece nada, solo enormes montañas de hielo y árboles nudosos que ni para arder sirven.

—Eso diría un caballero acostumbrado al calor del fuego y a endulzar su leche con miel —los proscritos que oyeron el chiste rieron, los que no también—. Entre mis campesinos tengo a los mejores del continente; podrían hacer crecer maíz entre las rocas del Tetl Tlacamecayotl.

—Pero no te hablo de rocas, Yoff; te hablo de capas de hielo más altas que tú. Pasarían tu eternidad y la mía antes de que llegues al suelo para cultivar.

—Ya lo veremos —esbozó una sonrisa, la primera en toda esta plática.

—Vale, ¿pero dices tener mujeres y niños? —preguntó el caballero, escudriñando con la vista a la multitud que se extendía por todo el camino. Efectivamente, había niños y mujeres, ancianos que apenas podían mantenerse de pie, cuerpos que estaban acostados en los carros. El ángel no sabía decir si estaban vivos o muertos.

—Así es. Por ello te pido que abras sin juegos, sin trampas; no queremos que ocurra una desgracia —no había borrado la sonrisa, en lugar de ello la estaba haciendo más filosa, como la de un zorro que tuviera a una liebre en el hocico, gozando el momento antes de hacer presión.

—No lo queremos —contestó Arioch. Sus hombres guardaron sus armas y las bisagras de la puerta comenzaron a separarse.

Con solo una rendija abierta, Yoffiel comenzó la marcha con su caballo macilento. La vaina de su espada le pegaba en la grupa, poniéndolo incómodo, pero no se alebrestaba. Era un animal asustado que solo se limitaba a avanzar. Tras Yoffiel, comenzó la marcha de la caravana: eran gruesas filas que comenzaban a penetrar las puertas, abriéndose paso entre la multitud de los patios, que apenas comprendía lo que pasaba. Los niños lloraban y sus madres los ocultaban con sus mantos, mientras los padres se ponían frente a ellos ante la peregrinación de almas flacas y sucias.

Los proscritos, penetrar el umbral, aminoraron el paso al darse cuenta del calor tan agradable que hacía ahí. Lo saboreaban con los poros, se aflojaban las pieles; incluso los que podían se acercaban a las paredes para quedarse con el recuerdo del calor que sabían nunca volverían a probar. Las filas tardaron minutos en pasar, y tras ellos iban más ángeles armados con trinches y hachas para madera; en la espalda cargaban escudos de roble y cuero.

«Los están arreando», pensó Arioch, viendo la caravana que empezaba a salir por la segunda puerta. «Es obvio que no quieren ir; nadie en su sano juicio quiere ir más al sur».

—¡Yoffiel! —el mencionado detuvo su caballo y dio la media vuelta, encarando al señor de la Puerta—. Deja regresar a quienes no quieran seguirte...

—¿Perdón?

—No te hagas el sordo conmigo —vociferó Arioch, viendo cómo su voz flotaba en forma de vapor que se elevaba hasta la cima de las montañas que lo rodeaban—. Sabes muy bien que no todos están tan locos como tú como para ir al sur, es sencillamente insensato. Así que deja ir a quienes deseen quedarse en la Puerta. ¡Prometo, en nombre de mi casa! —se dirigió a la muchedumbre convocada tras la muralla—: Que bajo el ala de la Puerta y de Nuestra Madre, nada les faltara a los que decidan quedarse, todos recibirán cobijo, calor y comida para saciar sus estómagos. No les pediré que se arrodillen ante mí o ante mi casa, basta con que doblen la rodilla ante Annes-ela, y me daré por bien servido. Solo les pido que den un paso al frente y entren a la muralla.

Después de las palabras del señor, el silencio reinó, sustituido de vez en cuando por el soplar del viento que reverberaba entre los fríos recovecos de las puntiagudas montañas que cobijaban la reunión. El gentío vibró y los músculos de varios se tensaron, dispuestos a obedecer al señor, hasta que Yoffiel habló.

—¡Adelante, háganle caso a su nuevo señor! ... Pero mientras dan ese paso al frente, ese paso hacia la sumisión y el calor, quiero que recuerden cómo nos han tratado los de la calaña de este “caballero”. Permítanme recordarles la matanza de Eslabón de Barro, o la Matanza de los Inocentes orquestada por el héroe de los agachados, León Arteri. ¡Quiero que den ese paso al frente! Yo no quiero gente entre mis filas que estén dispuestos a cambiar la libertad por comida y un poco de calor… quiero perros bravos, que aunque flacos, estén dispuestos a dar la vida por nuestro ideal.

La masa de proscritos vibró aún con más intensidad, los murmullos y las respiraciones agitadas rebotaron entre las paredes de roca, pero nadie se movió, y nadie lo hizo hasta que el silencio volvió a ser la norma.

—Que así sea, Yoffiel —suspiró.

—Que así sea —susurró el otro y siguió la marcha de su caravana. Se ajustó el abrigo y la espada detrás de sí.

    Tras un largo silencio, Yoffiel encamino su caballo y el sur le abrió los brazos, pero no para abrazarlo, sino para atraparlos. 




III

Los días pasaron y la preocupación de Arioch no disminuía por quienes habían seguido a Yoffiel al sur. Si de algo estaba seguro, era que nadie cuerdo quería estar en aquel lugar. A menudo mandaba exploradores a su alcance que solo se limitaban a observarlos; esas eran las órdenes. Las noticias indicaban que a cada anochecer se detenían a descansar. La primera noche lo hicieron en Paxauac Tlapoco, un bosque nudoso y pelón a unos cuantos kilómetros al sur de Tepuxtli Tlacoyan; luego siguieron alejándose del ecuador. Al segundo día se detuvieron en la orilla de la cuenca de Iztacatl, y a la mañana siguiente continuaron su camino, siguiendo la contracorriente del río, hasta la tarde, cuando se detuvieron en las faldas de Tentliiztactepetl, una enorme montaña ubicada a media cordillera conocida como Tlanacatl. Nadie había ido más allá, y esta no iba a ser la excepción.

—Señor, los exploradores mandaron noticias —Arioch encaraba el sur desde la cima de la muralla; veía cómo la silueta de Tlanacatl era devorada por un enorme cúmulo de nubes de tormenta que avanzaba peligrosamente hacia sus dominios. El guardia continuó—: Dicen que se avecina una tormenta sobre los proscritos. Nuestros hombres vienen de regreso, aunque se les ordenó lo contrario.

—Claro que vienen de regreso ante una tormenta —contestó el ángel sin despegar la mirada de la nube; a lo lejos se veían tres puntos plateados que volaban a toda velocidad.

—¿Preparamos las celdas para su aprehensión? —el guardia hablaba sin despegar la mirada del suelo

—No, entiendo que vuelvan, así que lo autorizo.

—Son exploradores, señor; han trabajado en climas más extremos. No creo que una tormenta sea para tanto —replicó el guardia; el penacho de su casco bailaba con cada palabra.

—¿Alguna vez has estado allá? ¿Tras la puerta? —le preguntó su señor, y metió más las manos dentro de su abrigo para acariciar con sus dedos enteros los muñones de los que faltaban.

—No, señor —el guardia intentaba disimularlo, pero el miedo en la voz de un ángel tan fiero como el señor de Tepuxtli Tlacoyan le heló la sangre; sentía como si el viento fuese a romperlo.

—Las tormentas allá no son de lluvia y granizo mecidos por el viento —Arioch mantenía la mirada perdida en la tormenta—; en lugar de eso, del cielo comienzan a caer enormes placas de hielo, mortales como puñales. Caen con tanta fuerza que una del tamaño adecuado podría partir a un caballo por la mitad —en ese momento recordó el caballo de Yoffiel, imaginando que sí lo partieran por la mitad, no habría nada más que vísceras secas y huesos—; se les conoce como tecpatl temixco.

Arioch se sumió en la piel de su abrigo y suspiró para ver el vapor de su propia existencia; oyó el trueno de la tormenta en la lejanía, que le despertó las memorias de la Tlamic Tlatoh. Le recordó lo fría que puede ser una armadura cuando cae la lluvia, lo pesado que se vuelve un hacha y un escudo en la mano tras la batalla, y lo exquisito que sabe el aire cuando uno se quita el yelmo, aunque la atmósfera esté enviciada por el hedor de cadáveres al sol y el azufre; recordó el canto de la garganta cuando los ejércitos marchaban a la batalla.

—Manda a que toquen los atecocolli —le ordenó al guardia que seguía de pie detrás de él—; no me gustaría que la tormenta llegue a Paxauac Tlapoco y aún haya gente afuera.

—Como ordene —se despidió con un movimiento de su cabeza y la mano en el corazón, y comenzó la marcha hacia el puesto de vigilancia.

Arioch emprendió el camino a sus estancias en Mixcoactepetl.

El sonido grave y reverberante del atecocolli, la enorme concha que se tocaba en ocasiones importantes, tronó en el cielo, cantando una melodía ominosa cuando Arioch entraba a sus aposentos. Un pequeño  invierno se acercaba y no sería cómodo. Arioch agradecía no tener que estar en la enorme cordillera sureña que marcaba el fin del mundo. Antes de ello, prefería volver a la Tlamic Tlatoh, específicamente a aquella batalla con la que expulsarían a los demonios del reino perenne de los humanos, la Tiacahuah Acaltemoliztli,, donde al menos moriría con la visión de León Arteri y su peto en forma de león rojizo, blandiendo su mazo. Cerró la puerta y aventó las preocupaciones al fuego; no había nada que hacer. Esa noche hizo mucho frío.



IV

A la mañana siguiente, los vigías se percataron de que la tormenta se había detenido sobre la cuenca del Iztacatl. Los exploradores fueron enviados a buscar a Yoffiel y su gente, pero no se encontró otra cosa que nieve carmesí y un festín para los imponentes lobos sureños, una de las pocas especies que se aventuraban a terrenos tan australes del continente.

La caravana se dio por perdida.

A los pocos días de la tormenta, fueron llegando los sobrevivientes del estúpido éxodo. Llegaron como fantasmas, cuya piel había sido arrancada a la fuerza por el vendaval que los había lanzado hasta allí. Llegaron pálidos, algunos incluso azules, con ropas desgarradas y miembros faltantes que el hambre voraz del frío sur había reclamado como ofrenda por su vida. Fue un desfile dantesco: hombres, mujeres y niños con enormes pedazos de hielo rojizo en lugar de brazos, madres cargando bebés destripados por los lobos y ancianos que llegaban arrastrándose por la nieve para pedir la misericordia del señor de la puerta, pero lo único que recibieron fue un recordatorio de las férreas palabras de Arioch Damabiath. Y los cadáveres se fueron amontonando en la puerta que veía hacia el sur, sumando montículos de nieve que la custodiaban.


V

El sol siguió su movimiento, las noches blancas llegaron y los vientos se recrudecieron, al igual que los rugidos de las cordilleras que se alzaban en el borde del mundo: rugidos de una bestia llamada invierno que rodeaba la fortaleza, haciéndola sufrir con el frío, estrangulándola con el hielo, recordándole a sus habitantes que Tepuxtli Tlacoyan nunca caería.

En lo más crudo del invierno, una niña salió caminando de entre los árboles ralos de Paxauac Tlapoco y llamó al señor de la Puerta a gritos. El señor no salió. La niña lloró y gritó, pateó la puerta e incluso intentó escalar la muralla, divirtiendo con ello a los pocos Mechas Negras que eran obligados a custodiar el sur en medio del viento y la nieve.

—Mi señor —un guardia lo llamó; todos eran iguales, así que no supo decir quién era, solo vio una enorme barba castaña escurrirse desde dentro del yelmo—. Una niña llegó a la puerta del sur.

—Siempre queda uno más —contestó mientras se rasuraba la barba; el agua caliente de la tina empañaba el espejo, distorsionando su reflejo—. Déjala como los demás —ordenó mientras se delineaba las patillas; siempre le quedaba la izquierda un poco más larga que la derecha.

—Es insoportable —reprochó el guardia en un murmullo, esperando que no lo oyese—; los demás la apodaron Chichiltic Tetrasiel.

—«Chillona de mil voces» —el caballero se secó la cara—. Debe llevar mucho tiempo afuera como para que ya tenga nombre.

—Desde la noche de ayer —contestó el guardia.

—¿Ayer en la noche? —preguntó Arioch, intentando disimular su sorpresa. La mayoría de los extranjeros sufrían en el sur, aun viviendo con todas las comodidades que Tepuxtli Tlacoyan pudiese ofrecer, por lo cual no podía entender cómo una simple niña había sobrevivido tanto tiempo a la intemperie—. Vamos a verla.

El señor se enfundó en su abrigo, que ahora era castaño, ya que se trataba de la piel del alce que habían cazado los hermanos del carnicero, y salió acompañado por el guardia que le había dado el anuncio de la Chillona. Hoy no era día de mercado, así que pasaron caminando por el patio rápidamente, aprovechando la soledad de este, ya que la gente, durante el invierno, prefería moverse por los túneles bajo el fuerte para no encarar el frío.

Antes incluso de llegar a la muralla, Arioch ya oía los gritos y lloriqueos de la niña, cuya garganta reproducía sonidos agudos y graves; incluso algunos parecían lloriqueos de animales: chillidos de cerdos y resoplidos de los belfos de un caballo.

«Chichiltic Tetrasiel», pensó mientras subía las escaleras a la muralla.

Cuando se encontró en la cima, la vio: era una niña flaca, de pelo de estropajo con mechones quebradizos, los ojos acuosos e inyectados en sangre, al igual que su boca de labios azules que se habían abierto en heridas que le recorrían los labios por completo, dándole apariencia de uvas aplastadas.

    —¿Qué haces aquí, niña? —le preguntó el señor sobre la muralla, entrecerrando los ojos para combatir la brillante nieve.

    —¡Señor de la Puerta! —la niña se aclaró la voz después de haber chillado—… por favor, déjeme entrar; hace mucho frío y dentro hace calor. Mi madre me dijo que cuando tuviera frío viniera con el señor de la Puerta, que él me mantendría caliente.

    —Tu madre te mintió —se limitó a decir.

    —Hace frío —replicó ella, caminando hacia la puerta, donde la nieve se hacía más profunda.

    —Lo sé; acurrúcate en la pared, suele estar caliente, no sentirás tanto frío —la niña hizo caso; se acercó a la muralla y se recostó en ella, calentándose las manos contra ésta para posarlas luego sobre sus labios para aliviar el dolor del frío. El señor estiraba su cuello para verla mejor—. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

    —Desde que las montañas se cayeron —contestó—; no sé decir cuánto tiempo ha sido.

        —¿Las montañas se cayeron?

    —¡Sí! Se empezó a caer el hielo de la cima, eran pedazos gigantes —con gestos de la mano señaló el tamaño, estirando los brazos lo más que su cuerpo entumecido le permitía—; eran tan filudos como cuchillos. Mire… me rebotó un pedazo en el brazo —le enseñó su extremidad hinchada por una cortada en el antebrazo que estaba rodeada de una piel tostada y chamuscada—… me acercaron al fuego para que ya no sangrara.

    —¿Alguien te curó o tú sola lo hiciste?

    —¿No está oyendo? Alguien me curó —se volvió a tocar los labios con la mano tibia; una mueca de dolor le deformó la boca y le arrugó la nariz—… iba con mi mamá, pero hace días que no despierta.

    —¿Hace cuánto viajas sola? —le preguntó Arioch, mientras veía cómo los brazos de la niña temblaban.

        —No lo sé —se limitó a contestar.

        —¿Sabes contar?

     —No, el Señor Yoffiel decía que las mujeres no debíamos aprender esas cosas —a Arioch no le sorprendió tanto que no las dejara aprender, le sorprendió que se hiciera llamar «Señor»—, que las fuerzas que usábamos para aprender eran tantas que no tendríamos fuerzas para tener hijos.

    La niña bajó la cabeza, tal vez había entendido su destino: dormir para ya no despertar. Se acurrucó y lloró en silencio, pero fue interrumpida por el suave murmullo de la piel de alce cayendo sobre la nieve.

    —Abran la puerta —oyó decir desde arriba—. Llévenla al trono; decidiré qué haré con ella.

    —¡Como ordene, señor! —gritaron al unísono, siendo interrumpidos por el chillido de las bisagras que tuvieron que romper el hielo y abrirse paso entre la nieve.

    La niña se puso el abrigo con una rapidez felina y la desesperación de alguien que está muriendo. Olía extrañamente bien, a hierbas e inciensos, a calor y comida, a seguridad. A su encuentro salió una avanzada de guardias, envueltos en acero negro sobre grandes caballos percherones, no aptos para la batalla, pero lo suficientemente fuertes para avanzar entre la nieve del sur. Al ver a la avanzada, la niña se apresuró a ponerse de pie para correr al encuentro de los caballos, que la interceptaron y, sin detener su andar, fue subida a uno por uno de los Mechas Negras. Quedó fascinada con aquellos animales, ya que solo conocía a los caballos salvajes de más al sur. Estiró con cautela la mano y acarició el pelaje negro del caballo al que la subieron; era áspero y denso, caliente al tacto, y al parecer al corcel le gustó, ya que comenzó a avanzar con un paso más rítmico, como si bailara.


    La gente salió de sus casas al escuchar el alboroto para ver a una niña entrar a la ciudad sobre un enorme percherón, como una princesa prometida que regresaba a su hogar. Por su parte, la niña sintió el abrazo cálido de los muros al entrar por la enorme puerta y vio caras desconocidas, pero ninguna mala, ningún ceño fruncido como a la que estaba acostumbrada; pero lo que más la impresionó fue ver a una mujer gorda que se envolvía en un abrigo castaño al igual que su pelo. Las fosas nasales de la chiquilla fueron asaltadas por una torrente de olores exquisitos y cálidos que salían de las puertas y ventanas abiertas. Los bebés la saludaban y ella les hacía lo propio, arrebujándose en la piel que apretaba contra su torso y entre sus muslos.

    —Nadie te la va a quitar, niña —le habló un guardia con un eco metálico y oculto tras una bufanda peluda—. El señor Arioch sabrá qué hacer contigo; al parecer eres fuerte… de algo tienes que servir.


VI

Llevaron a la niña frente a las puertas del Calli Tonatiuhan, El Hogar del Sol, una enorme cámara de piedra negra al centro del fuerte, hogar del enorme Tlacocatl Yatzin, el Trono Quemado, desde donde habían gobernado todos sus antecesores en el cargo, pero donde hoy se sentaba Arioch Damabiath, el Caballero de la Llama, el señor de Tepuxtli Tlacoyan, que no llevaba abrigo alguno sobre su jubón de algodón rojo, tenía el pelo bien peinado y aceitado, con la mirada verde clavada en quien bajaba del caballo con la ayuda de un guardia.

    La niña caminó unos pasos hacia Arioch, pero tropezó con la piel de alce que le arrastraba y se cayó de bruces, alzando una pequeña nube de polvo y provocando risas de la gente que se había aglomerado en la cámara. La Chillona se puso de pie, sorbió los mocos sanguinolentos y se enredó la piel varias veces, dejando solo a la vista una cara pálida que era más ojos que nada; caminó hacia el trono, rodeando un enorme tocón negro.

    —Me sorprende que sigas con vida —la voz del señor de la Puerta retumbó por las bóvedas de la cámara, haciendo bailar las llamas de las velas—… Otros como tú, el doble de altos y el doble de fuertes, perecieron en la puerta, justo donde estabas.

    —Mi mamá dice que un proscrito no puede ser débil, en especial una mujer —comenzó a recitar las palabras de una madre muerta, cubierta por una capa nívea que preservaba los restos para algún comensal hambriento—. Una mujer proscrita tiene que ser el doble de fuerte que un hombre, si quiere sobrevivir a este.

    A Arioch, la visión de esa niña recitando palabras que no terminaba de entender lo tenía fascinado.

    —Tepuxtli Tlacoyan necesita a muchos fuertes… hombres o mujeres, eso da igual —le comentó, poniéndose de pie—. ¿Sabes hacer algo? Aparte de llorar.

    —Sé cocinar comida simple, si alguien me prende el fuego antes; sé barrer, sé limpiar.

    —Perfecta para la servidumbre —declaró Arioch—. Así que te nombro sirvienta real de Tepuxtli Tlacoyan. Te instalarás en mis estancias y te encargarás de esa zona, Chichiltic.

    —Gra- —las palabras murieron en su boca, dando lugar a sonidos neonatos desde lo profundo de su garganta—… ¡No me llamo Chichiltic!

    —¡Insolente! —le gritó quien la había cargado en su caballo—. El señor Arioch te ofrece un hogar y un trabajo, ¿y le contestas así? Él te llamará como le plazca.

    —¿Cuál es tu nombre? —le preguntó Arioch mientras se ponía de pie.

    —Me llamo Tetli —contestó la niña sin moverse de su lugar, haciéndole honor a su nombre.

    —Piedra —afirmó Arioch—… Lleven a Tetli a Mixcoactepetl. Instálenla justo debajo de mis estancias —ordenó a los guardias, que afirmaron con la cabeza caminando hacia la niña—. Puedes quedarte con la piel —se dirigió a Tetli—. Cuando estés en tu habitación, báñate y pídele a otra sirvienta que te lleve ropa; ahí espera mis órdenes.

    Ella no contestó, solo se quedó observando cómo los guardias la rodeaban para guiarla fuera de la sala. La llevaron entre un coro de acero, por el suelo blanco al igual que el cielo, donde se alzaba una torre grisácea y oscura, llena de ventanas en intervalos de un par de metros, que parecía un enorme pilar que sostenía las nubes para que no cayeran sobre la fortaleza: era Mixcoactepetl.

(agregar la imagen de una enorme torre vista desde abajo)

    La instalaron cerca del último piso, no más abajo que un par de escalones de donde dormía Arioch. En su habitación tenía una vista privilegiada del sur y del sur, donde podía jurar que veía la Teocalli Mattlactlihuáni o el Geroth, algo imposible para cualquiera excepto para una niña como Tetli.


VII

Pasaron las estaciones para Tetli, Chichiltic Tetrasiel, como la llamaban los guardias y algunos mercaderes cuando salía a hacer la compra de su señor. A ella le molestaba ciertamente, pero dejó de prestarle atención cuando el señor de la Puerta se casó con una ángel, hija de un señor menor del Segundo Cielo que regentaba la fortaleza de Yecatepetl, donde él mismo, Arioch, la nombró paje de su casa, dejando atrás la servidumbre corriente para pasar a vestir el blasón de la nueva familia real de Tepuxtli Tlacoyan: una enorme maza flamígera que atraviesa una nube de tormenta negra, un blasón estrepitoso y aterrador, justo como le gustaba a Tetli, justo como eran los caballeros de Annes-Ela, a los cuales conoció en ambas vidas, como sirvienta y como paje de la casa. Pero siempre había tenido problemas con uno de los caballeros: Zakakiel Barbelo, el Caballero de la Guerra.

    —¡Trae a tu pequeña perra aquí! —oyó gritar Tetli desde la cima del Mixcoactepetl, algo sorprendente considerando que ella se encontraba en las caballerizas, al lado opuesto de la fortaleza.

    La voz que gritaba era la de un hombre muy alterado que bajaba las escaleras de la torre tras una niña que corría cargando un collar de plata en las manos. Toda la guardia corrió al grito del caballero que salía por el enorme umbral negro: el Caballero de la Guerra.

    —¡Tráiganla ahora mismo! —gritaba mientras cruzaba la puerta, alborotando su cabellera pelirroja que parecía arder como las llamas que calentaban el agua—… Le robó un collar a mi mujer.

    La niña se escabulló entre los guardias, evitando manos enguantadas, puntapiés e incluso esquivas de filos y palos. Al ver el alboroto, Tetli corrió al Mixcoactepetl, encontrándose a medio camino con la niña que, al parecer, tenía nombre.

    —¡Gaddiel! —la atrapó Tetli con los brazos—. ¿Qué pasa allá?

    —Me persiguen… —dijo entre inspiraciones que le llenaban los pulmones de aire frío, provocándole una tos que no le permitió seguir con su explicación.

    —¿Le robaste a Zakakiel? —Tetli casi se desmaya. Ciertamente, le temía al Caballero de la Guerra, ya que, según las narraciones de sus batallas, había sido un guerrero brutal en la pelea, y sus canciones eran tan gloriosas que solo eran superadas por las de León Arteri en la Tlamic Tlatoh o por las de Vlad Amzel en el asedio a Quauhtli Tlatlayan.

    —Es un malentendido —recuperó el aliento—… su esposa me lo dio mientras la ayudaba a vestirse. Me preguntó que si me gustaba —tomó aire—… le contesté que sí y me dijo que me podía quedar con él. Cuando me lo guardé en la bolsa, ella comenzó a gritar que le estaba robando y salió su esposo, rojo de ira.

    —De por sí se sonroja mucho por el frío —añadió Tetli, alzando la vista solo para encontrarse con la comitiva encabezada por el caballero.

    —¡Ahí está! —gritó, señalando con la mano enguantada en cuero negro. Tetli recordó las historias de ese guante; la primera que le llegó a la mente era que estaba hecho de la piel de un demonio que el caballero desolló con sus manos, robándole un escalofrío a la joven.

    —Ponte detrás de mí, y no digas nada; no te tocará nadie que no tenga mi permiso.

    Le tomó la mano y la puso detrás de ella, protegiéndola con su cuerpo. La chica ya había crecido; era más alta que las otras jóvenes de su edad, era delgada pero nudosa y más fuerte que muchos jóvenes de su edad. Seguía teniendo sus ojos acuosos y su pelo conservaba el color amarillento del estropajo, pero se había convertido en una larga cabellera que le caía por la espalda y el pecho que aún guardaba la maza llameante y la esperanza de que aquel blasón fuese suficiente para protegerla de la cólera de la Guerra.

    —Gracias por atrapar a esta ladrona, señorita —le cantó el caballero con su mejor voz posible, que no dejaba de ser rasposa y cavernosa, mientras le extendía la mano para quitarle a Gaddiel. Pero Tetli rápidamente dio un paso hacia atrás, alejándola del caballero, que volvió a fruncir el ceño.

    —No es ninguna ladrona —se apresuró a decir Tetli, antes de que el caballero volviese a tomar aire.

    —Entonces, ¿cómo explicas el collar que aún trae en la mano? —le preguntó Zakakiel; a su espalda venía un grupo bien nutrido de guardias armados, entre Mechas Negras y la guardia personal del caballero, traída desde su Cielo.

    —Su esposa se lo obsequió —afirmó Tetli, irguiéndose. Era mucho más baja que el caballero, pero al menos la confortaba la seguridad de sus propias palabras.

    —¿Dices que mi mujer, la señora de Chicome Tecallihuan, es una mentirosa?

    —Nunca dije eso —le contestó. El caballero cada vez se ponía más rojo, un rubor equivalente al miedo que sentía Tetli.

    —Mi Remiel afirma que esta… niña, tomó sin su permiso el collar; ella nunca miente —replicó Zakakiel, chasqueando los dientes.

    «Si es tan honesta como dormilona, no dudo que usted diga la verdad», pensó Tetli lo más callada que pudo, temiendo que su lengua la traicionara.

    —¡Gaddiel tampoco miente! —alzó la voz para asegurarse de que sus pensamientos no se filtraran.

    De entre la multitud salió una mujer, una gata emergiendo de la maleza. Era delgada y muy bella, de movimientos gráciles al igual que su cara fina, enmarcada por unos mechones negros que le caían sobre la frente, resaltando unos ojos morados, penetrantes pero soñolientos.

    —Creo que podremos resolver el asunto ahora —anunció en voz alta Zakakiel, tomando de la mano a la mujer que había llegado. Alzándosela, anunció con voz pomposa y profunda como trompeta—: Entre nosotros, Remiel Jael, señora de Chicome Tecallihuan, quien dará fin a este dilema. Dinos, ¿quién te robó, mi amor? —le preguntó, bajándole la mano.

    —Fui yo —Tetli alzó la voz, que retumbó entre todos, sonando como campana en los yelmos de los Mechas Negras—. Yo entré a robar el collar, y Gaddiel salió corriendo a perseguirme, arriesgando su vida en ello; me alcanzó y me quitó el collar para devolverlo, por eso lo tiene en la mano.

    —¿Es cierto eso, Remiel? —le preguntó el caballero a su mujer.

    —No —ahogó la respuesta en un bostezo y vio por un segundo a las niñas; las vio con atención, la suficiente para continuar—… lo recuerdo bien, pero lo más probable es que así haya sido. La niña se ha portado muy bien desde que la designaste a mi cuidado, mi amor; a la otra no la conozco.

    —Bien —contestó el caballero, viendo detenidamente a Tetli—. Déjame recordar las reglas de Tepuxtli Tlacoyan: cualquier persona que sea sorprendida en un robo verá amputadas ambas manos en escarmiento, para que nunca vuelva a tomar algo que no le pertenece. Alguien, deme su espada; lo haré yo mismo.

    —Necesitamos el consentimiento del señor Arioch —contestó un guardia, el que estaba junto a él, con el mango de su filo bien agarrado con su guante de hierro.

    —Dame tu espada, Mecha Negra; no creo que a tu señor le guste que desobedezcas las órdenes de su colega, un caballero —le replicó, extendiendo más la mano, acercándola al mango negro de la espada de doble filo que descansaba en la cintura del guardia.

    —Sé que le desagradaría más que desobedeciera sus propias órdenes —contestó el Mecha Negra, apretando con más fuerza su espada.

    —Bien, ya lo veremos —dijo Zakakiel, y desenfundó su espada bastarda, una hoja plateada con un grabado en toda su extensión, al igual que las de todos los caballeros, que, si bien eran diferentes, rezaban fragmentos de un mismo poema, que en este caso se traduciría a la lengua común de la siguiente manera: «El hombre declara la guerra».

    Tomó por sorpresa la mano de Tetli y le quitó el guante, mostrando sus uñas mordidas y la falta del dedo meñique.

    —Primero una, luego la otra; no es como lo marca la ley, pero servirá.

    Tras su movimiento, lo siguieron los de algunos Mechas Negras; un paje significaba ser miembro de la casa real para ellos, y era también su deber protegerla.

    —Caballero de la Guerra, le ordeno, como miembro de los Mechas Negras del sur, que baje su espada, si no quiere conocer el invierno penetrando su piel.

    Tras ese grupo, la guardia personal del caballero saltó en defensa del mismo, al igual que unos cuantos Mechas Negras, ya que un invitado de honor como él era prioridad para ellos, aunque tuviesen que esgrimir sus armas contra sus hermanos.

    —Bajen sus armas, o tendremos que considerarlos traidores a nuestra orden —gritó uno.

El patio de Tepuxtli Tlacoyan se había dividido en dos bandos, obligando a los civiles a refugiarse en sus hogares; sólo quedaban los guardias fieles a sus obligaciones protegiendo al caballero, y los que permanecían fieles a los principios de su orden, enmascarando con ello el aprecio que le tenían, y hasta cierto punto el cariño, a Tetli, Chichiltic Tetrasiel. Nadie se animaba a atacar; sólo se observaban con armas en mano: espadas, mazas, lanzas bailaban en el aire, amenazantes, todos con escudos alzados y respiraciones agitadas. El caballero, por su parte, no soltaba a la joven, que tiraba con fuerza.

    —Pero, ¿qué pasa aquí? —se oyó un grito desde atrás de la multitud, mientras quien lo emitía se abría paso entre esta.

    —Mi señor —se oyó una voz tras otra, hasta que Arioch salió al centro de la multitud, como emergido de las llamas.

    —Creo que no me oyeron —Arioch miró fijamente a Zakakiel, quien bajó la mano de Tetli, que inmediatamente la escondió tras su abrigo—. ¿Qué mierda está pasando?

    —Tu paje me robó —escupió Zakakiel como si de un veneno se tratara, firme, pero con un temblor en la voz—; iba a proceder con su castigo.

    —¿Con el consentimiento de quién ibas a castigar a mi paje? —le preguntó Arioch—. ¿Acaso yo voy a tus Torres y azoto a tus sirvientes cuando me queman la sopa?

    —No me hables así, Arioch —lo confrontó—. Proteges a una sirvienta, a una ladrona que mancha tu casa con sus fechorías. Según tus propias leyes, debe perder las manos para que no vuelva a cometer un robo.

    —Así es, pero sólo si las pruebas la delatan o se declara culpable.

    —Y así lo hizo —se regocijó Zakakiel; no le gustaba que lo contradijeran.

    —¿Es cierto eso, Tetli? —le preguntó Arioch a su paje tras una larga pausa. Una cosa era mentir ante un caballero y otra ante su señor, quien le dio cobijo cuando lo necesitó. La chica titubeó, pero sintió la respiración de Gaddiel que penetraba su grueso abrigo, sintió la presión de sus manos contra su pantalón; ahí entendió lo que debía hacer.

    —Así es, yo robé el collar a la señora Remiel; planeaba fundirlo y hacerme la perilla del mango de una espada con él.

    —Tetli —le susurró su señor, no con ira ni amenaza, sino con decepción, pero logró comprender al ver a la niña tras ella, con la cara roja por un llanto mudo—. Si así se dieron las cosas, creo que procederé con el castigo, pero no aquí. Un miembro de mi casa no merece ser castigada en pleno patio como un ratero de poca monta; pasaremos a Tepuxtli Tlacoyan para tu castigo.

    —Sí, mi señor —contestó la joven; no esperaba un indulto de Arioch, de hecho, no esperaba menos que el castigo indicado.

    —Si gustas venir, Zak, para que des fe de legalidad sobre el castigo.

    —Siempre es un placer ver el filo de la justicia actuar —sonrió triunfante; degustaba los resultados de su alboroto, le sabían deliciosos, ese sabor férreo al sufrimiento ajeno—. ¿Vienes, Remi?

    —No, no me gusta ver espectáculos tan bárbaros —contestó y se dio media vuelta, seguida por su séquito de guardias y demás sirvientas que habían sido espectadores de la trifulca—. Sólo encárgate de que me devuelvan mi collar.

    —Así será, señora Remiel —le aseguró Arioch—. Tráenme mi mazo —le pidió a un guardia que se mantenía firme junto a él—.         Asegúrate de que el filo no esté romo; si lo está, pídele al herrero que lo afile; quiero que sea un corte limpio y rápido.

    En ese momento, Tetli conoció el miedo, pero no al dolor o a su señor, sino a la incertidumbre. Su delito, cierto o no, era suficiente para volver a ser una proscrita, pero ahora por motivos políticos; se convertiría en una paria.

    Los guardias volvieron a escoltarla; recordó cómo había llegado, cómo se vio rodeada por acero negro y penachos rojos. Todo era igual, pero en un contexto totalmente diferente. La condenada agradecía que la calle estuviera vacía, pero aun así se sentía juzgada por las paredes que le habían dado cobijo, odiada por la mirada invisible de un ojo gigante que se había formado en el cielo blanco, que la juzgaba por un crimen no cometido.


VIII

Tetli llegó a la sala del trono tras una marcha que le pareció eterna. El miedo le revolvió el estómago; quería gritar que no había sido ella, que era una mentira, pero no podía hacerle eso a Gaddiel. ¿Quién cuidaría de una paria huérfana y manca? Ya no le serviría a ningún buen señor y moriría de frío.

    Pusieron sus manos frente al tocón. Las historias decían que Galardon Xerviel, el primer regente de Tepuxtli Tlacoyan, había cortado ese gran árbol para hacer las vigas de su sala del trono, negándose a quitarlo después de ello para que sirviera como un símbolo: el nacimiento de su casa. Con el pasar de las generaciones, aquel tocón viejo y negro fue tachado como un estorbo, el capricho de un viejo señor; la ociosidad de sus herederos los llevó a encontrarle un nuevo uso al símbolo de su casa: el lugar donde a los delincuentes se les cortaba las manos o se les decapitaba frente al público que gritaba y vitoreaba si el ejecutado era odiado, que mayormente era así. Pero hoy no asistiría nadie fuera de los implicados; las puertas se cerraron y la habitación se calentó por los fuegos que descansaban cada pocos metros unos de otros. Tetli tragó saliva, el trago más amargo, justo el de antes del suceso. Le plantaron ambas manos sobre el tocón y las ataron con las correas de cuero que descansaban en la base; pudo sentir las muescas que había dejado el filo del mazo en la madera tras cada condenado.

    La joven había asistido a tantas ejecuciones; algunas veces se preguntaba qué se sentiría estar ahí, que el acero frío rajara tu piel, desgarrara tus músculos y moliera tus huesos. Una vez se animó a externárselo a su señor, pero él se limitaba a decir:

    —Créeme, no te gustaría estar ahí.

    Tenía razón; no le gustaba estar ahí.

    Su señor se puso de pie junto a ella, del lado izquierdo, donde su corazón latía desbocado. Casi a la par, llegó el Mecha Negra empuñando la maza que le daba forma al escudo que cargaba en su pecho, que ahora sentía que de verdad ardía y le chamuscaba la piel, mientras la nube le vaciaba el estómago y se lo tragaba en su negrura. Sencillamente, tenía miedo. Arioch tomó la maza; era enorme y pesada, no cualquiera podría sostenerla ni con ambas manos, pero ahí estaba él, tomándola solo con una. El arma constaba de un enorme bloque rojo de armoi, el metal más fuerte sobre la existencia, al cual le habían mandado a afilar un extremo, y se sostenía sobre un grueso tronco ennegrecido y ornamentado con plumas y correas de cuero provenientes de todos los rincones de Iztacatlalli, dándole un aspecto temible pero solemne. Arioch comprobó el filo con el guante, que se rajó solo con un roce, disparando al exterior el algodón que lo volvía mullido.

    —¿No le vas a quitar el escudo? —lo cuestionó Zakakiel, viendo que aún llevaba la maza y la nube de tormenta sobre su pecho.

—Es parte de la insignia de mi casa; merece, como mínimo, poseerlo en estos momentos —le habló a su igual con rigor, como una cachetada—. ¿Algo más que decir, Tetli Chichiltic Tetrasiel?

    —Solo me llamo Tetli —le contestó—; ya no lloraré más.

    —Que así sea —susurró Arioch, alzando el mazo sobre su cabeza. El filo despidió brillos que bailaron al ritmo de las llamas, un ritmo frenético que parecía obedecer al corazón de la joven, que en un momento sintió cómo se detenía.

    El peso del filo cayó; fue un golpe limpio que impactó su articulación, reventando el saco sinovial. Hubo sangre, pero muy poca, y ningún ruido fuera del goteo carmesí y el susurro suave del filo despegándose de la madera. Tetli no lloró; se limitó a cerrar los ojos en lo que la ola de dolor pasaba, pero ésta tardó en hacerlo; era una sensación punzante y ardiente que le entumecía todo el cuerpo, la ponía tan sensible que el roce de su ropa le ardía y laceraba como una lija.

    —Tetli, de pie —le pidió su señor. Los guardias quisieron ayudarla, pero ella se negó con los muñones, salpicando sangre con sus movimientos; quería centrar sus fuerzas en ponerse de pie.

    —Mi señor —se limitó a decir, pero en su cabeza las palabras se le desbordaron: «Espero que sea benévolo y me deje marchar con lo que traigo puesto».

    Arioch la observaba. Tetli bajó la mirada; no quería encontrarse con la de su señor, y se encontró con algo peor: sus manos descansaban inertes sobre el tocón. Al verlas, sintió la necesidad de mover los dedos, mas éstos no obedecieron; pero ella no lloró.

    —¿Te arrepientes de tu crimen? —le preguntó Arioch a la nueva manca.

    —Con toda mi alma —le contestó, ya consciente de los códigos.

    —Me basta con eso —replicó el caballero, limpiando el filo de la maza con su manga; con otros solía hacerlo con un trapo viejo y sonrosado, pero con ella no. Tetli escondió sus muñones sanguinolentos entre su abrigo, pero la sangre penetró éste, dejando una mancha rojiza sobre la piel.

    —Ve con el mejor herrero —le indicó Arioch a un Mecha Negra—. Pídele que haga un par de manos de hierro puro, que se conecte a sus impulsos para que tengan un poco de movimiento.

    —¡Sí, señor! —gritó el guardia a pesar de la insólita orden.

  —¿Qué haces, Arioch? —le preguntó Zakakiel—. ¿Vas a desterrar a una niña con manos de hierro?

    —No —se limitó a decirle, y se dirigió a Tetli—. Una manca ya no me sirve como paje; ya no puede ayudarme a vestir o a calentar mi agua para el baño —la joven solo bajó la mirada; sentía cómo sus ojos se humedecían, pero obligó a las lágrimas a no asomarse—. Pero unas buenas manos de hierro me sirven como escudera; no te servirán para dibujar o cocinar, pero sí para blandir una espada o sostener un escudo.

    —Arioch —se le escapó a Tetli llamarlo por su nombre. Alzó la mirada, lo vio tan alto e imponente, y suspiró ante su misericordia.

    —Te nombro a ti, bajo la bendición de Nuestra Madre, como mi escudera, mi mano derecha en las batallas. Te entrenarás con los Mechas Negras y me servirás en las contiendas. Abandonarás el nombre de Tetli Chichiltic Tetrasiel y pasarás a llamarte Tetli, de las Manos de Hierro, servidora de Tepuxtli Tlacoyan.

    Zakakiel solo se limitó a darse media vuelta para salir de la cámara, bufando y rojo de ira.

    El collar de la discordia fue comprado por Arioch a quince veces su precio original y lo mandó a fundir para hacerle el pomo a la espada de Tetli, que había pasado a empuñar un mandoble como el de Vlad Amzel. La joven pasó a convertirse en adulta y peleó junto a su señor en diferentes batallas, como la Carrera de Chicome Tecallihuan, contra una armada de proscritos que querían tomar las torres; irónicamente, defendiendo la casa de quien le arrebató las manos. Fue pretendida por varios jinetes y soldados; incluso Arioch quería casarla con el hijo de Vlad Amzel, el Caballero de la Destrucción, pero ella se negó, afirmando que no le interesaba casarse con un hombre; cuando la cuestionaban, decía que por sus deberes no le era posible.

    Vivió casi como una caballera, y Arioch le designó todo un piso del Mixcoactepetl como su morada. Tetli, una vez instalada, pidió que su servidumbre estuviese compuesta únicamente por niñas y niños proscritos que llegasen al fuerte en busca de la protección de los señores de la Puerta, y los trataba como la trataron a ella: con compasión y cariño. Al final, Tetli peleó junto a su señor en la Batalla de los Ocho Cielos, en el Tlallitlapalli, donde murió en la máxima gloria para un ángel, peleando mientras su señor se batía a duelo con un príncipe infernal, a un señor al cual intentó defender, pero si un caballero no pudo hacer nada, menos su escudera.

    Ya nadie recuerda su nombre ni su legado, por eso te cuento esta historia, para que vayas y la cuentes a alguien más, para que cuentes la gloria de Tetli, la Que no Llora, de las Manos de Hierro de Tepuxtli Tlacoyan, escudera del señor Arioch Damabiath.


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