Lo vi en el cerro.
Desde que somos niños nos cuentan historias sobre los cerros, dicen que salen brujas come niños o señores que se convierten en perros. Al principio esas historias no me dejaban dormir, en especial cuando me desvelaba viendo expectante hacia el cerro al que apuntaba mi ventana esperando ver una bola de fuego que saliera despedida hacia el cielo o el aullido de un animal que nunca podría ni querría identificar. Con el tiempo crecí y me di cuenta de que eran historias para ahuyentar a niños sonsos que consideraban buena idea aventurarse al cerro; nada mejor que el miedo para evitar conductas peligrosas.
Toda la vida creí que eran cuentos, hasta que me tocó vivir uno.
—Lo vi en el cerro —no paraba de balbucear aquella taladrante frase, ya había perdido la cuenta de cuantas veces lahabía dicho, pero esta vez agregó algo—... el gato con cara de señor se la llevó.
Como policía, estoy seguro de que no me pagan lo suficiente para lidiar con niños asustados en rancherías perdidas y olvidadas por Dios entre los cerros pero, si una niña desaparecida entra en la ecuación, se convierte en el factor diferencial y me toca meter la mano.
—¿Puede ir a buscar a mi niña? —me preguntó la madre, una señora casi niña con los ojos abnegados en lagrimas y las manos histéricas para no perder la compostura.
—Necesita meter la denuncia para que, de la capital, puedan mandar un equipo que se especialice en buscar personas en terrenos complicados —disfracé mi pereza de salir en la noche al cerro con la verdad. Ser policía te condena a ser un poco menos humano tras cada día, tras cada caso.
—Fue el hijo de la chingada de don Tomás —sentenciaba un hombre furibundo, el padre de la niña, mientras golpeaba la mesa con la fuerza necesaria para doblegar toros—. Voy por mis compadres, ahí en su casa debe de tener metida a la niña ese viejo brujo.
—No se le ocurra moverse de donde está o me lo voy a tener que llevar detenido por amenazar a una persona enfrente de un oficial de policía. Mientras yo esté aquí, nadie va a tomar la justicia en sus manos.
—¿Y de qué nos sirve que esté en las suyas, oficial? —escupió la pregunta—. Yo lo veo ahí parado, sin hacer nada fuera de amenazarme, en lugar de que vaya a buscar a la niña. Para hacer eso, mejor lo hago yo y usted se queda en su casa.
—Por favor, señor oficial —la mujer dejó de atender al niño balbuceante, también su hijo, y se puso entre nosotros—, vaya a buscar a mi hijita, haya sido quien haya sido el que se la llevó, lo que es verdad es que está allá en el cerro, y la noche avanza rápido para sentarse sobre nuestras cabezas.
—Está bien, voy a buscar a la niña —cedí, llevándome la mano a la cara para limpiarme el sudor que me escurría por la frente—. Con la condición de que usted se quede aquí —me dirigí al hombre que me apuñaló con una mirada de mil filos—. Es más, con la condición de que todos los hombres se queden en sus casas, No me gustará irme y que organicen un linchamiento sin invitarme a celebrarlo.
—Estás pero si bien mal de la cabeza si crees que me voy a quedar aquí mientras mi hija esta perdida allá arriba —alzó la voz mientras se apresuraba a ponerse las botas.
—Usted se queda o yo me quedo —reté al hombre más por el orgullo herido que por ejercer la autoridad que se me había conferido—. Aprovecharé para pasar a la comisaria y llamar a la capital para que mañana por la mañana envíen a un equipo de búsqueda.
—Por favor, señor oficial —me imploró la madre—, para que ellos traigan de la ciudad sus helicópteros y mucha gente que peine el cerro, en caso de que usted no la encuentre antes.
—Le aseguro que así lo harán —le sonreí a la mujer sin querer decirle que el fabuloso equipo de búsqueda se limitaría a un reducido grupo de pobres diablos, ya que casi nadie tiene en sus planes llegar a la cola del diablo para buscar a una niña. Hasta aquí no llegan las cámaras de los noticieros.
—¿Se va a ir solo? —me preguntó el padre con unas ascuas de cólera aún vivas en sus ojos.
—Sí, me dicen que los niños no se van muy lejos, ¿verdad?
—No, sólo los mandamos a la falda del cerro a recoger agua al río que pasa por ahí, nada más —me volvió a explicar la madre, aunque ahora, sin tanto grito y lloriqueo, la información era más entendible.
—¿El niño no les dijo nada más? —insistí, ya que no me convencía que se limitara a decir lo que decía.
—Lo único nuevo que dijo desde que lo encontramos fue lo que escuchó —replicó el padre que tomaba asiento y le limpiaba el sudor de la frente a su hijo, quien seguía tieso,pero con la lengua suelta, diciendo la misma oración como letanía funesta.
Volví a limpiarme el sudor de la frente y me acerqué a la cama del ido, viéndolo con su pupila dilatada y el son temeroso de sus pulmones desbocados. Le quité los mechones de sus ojos que se habían caído por un estertor al oír mis pasos.
—Quiero saber qué te asustó tanto —le pedí viéndolo a los ojos—. ¿Viste quién se llevó a tu hermana?
—El gato con cara de señor —repitió.
—¿Conocías al señor? —le pregunté sin tragarme esa historia.
—Era el maldito de don Tomás, ¿verdad? —intervino el padre.
—Por favor, cállese —le pedí—. ¿Cómo era el señor?
—Tenía —susurró y colgó la última sílaba en un esfuerzo sináptico que lo llevara a ese lugar— ... tenía los ojos rojos, un bigote negro, negro, y la lengua de serpiente. Era un gato atigrado.
—¿Hay alguien así que viva por acá? —pregunté al padre.
—Nadie con la lengua partida y los ojos rojos.
—¿El bigote le suena a alguien?
—A mí, cada mañana que me alisto para ir a trabajar —contestó llevándose los dedos a la punta del mismo.
—Voy a buscar a la niña —avisé dándome cuenta de que no había futuro si le seguía preguntando al niño.
Así me despedí de la familia, después de que la madre me pidiera nuevamente entre sollozos y lágrimas que buscara a su hija, el padre se despidió de mí con una mirada y me subí a la patrulla, dejando así la casa del niño balbuceante y de la niña secuestrada por un brujo que se disfraza de gato.
Levanté el reporte de persona desaparecida cuando la noche terminó su recorrido por el cielo y se estacionaba sobre nuestras cabezas. La voz tras el teléfono me aseguró que un equipo de búsqueda estaría ahí a primera hora de la mañanacon el objetivo de encontrar a la niña. Me levanté de la silla tentado a no hacerlo y dejarle la tarea a los que vendrían, pero algo me llamó a los cerros, tal vez el llamado al deber o la imagen de una niña agazapada bajo un árbol temblando de miedo mientras algún lince la acechaba. Por un segundo imaginé al lince con cara humana, con el bigote pronunciado y la lengua bífida que se expulsaba grotescamente entre sus dientes puntiagudos. Un dedo frío tocó cual arpa las hipófisis de mis vértebras esparciendo el estremecimiento por todo mi ser. Tomé las llaves de la patrulla, una buena linterna y me dirigí al último lugar en el que la niña había sido vista: la orilla del río que serpenteaba por el pueblo.
Los faros de la camioneta desmembraron la oscuridad y el motor rugiente asesinó la calma de la falda del cerro y la armonía del flujo constante de agua. Bajé de la patrulla y me acerqué al río hundiendo mis zapatos en el barro húmedo, prendí la linterna, abriendo en canal la noche que se torno bochornosa y oscura gracias a la falta de los astros que se habían escondido detrás del cielo de plomo. Con la linterna como único aliado me interné en el espeso cerro de maleza y hierba seca que nublaba la vista con tonos castaños y grisáceos, el silencio se volvió aislante, únicamente cediendo en breves lapso por el sonido de mis pisadas que llenaban el ambiente de desgarros a la tranquilidad. Pero fuera de mis pisadas, no había otro ruido, nada, todo era abrumadoramente silencioso. De repente un crujido. Volteé sobresaltado y un poco embriagado de un temor neonato que se iba comiendo mi estomago y comenzaba a demandarle más oxigeno a mis pulmones para sostener su existencia voraz. Nada fuera de una rama derrumbada por el viento. Un siseo me llenó los tímpanos y me heló los miembros que emprendieron huida ante la visión del bigote tupido y los ojos rojos, la visión de aquello que el niño vio en el cerro.
Corrí derecho en dirección contraria a la que iba esperando ver mi patrulla dispuesta para la huida pero, entre más corría, el follaje se hacía más denso, más abrazador, y me privaba de mis movimientos. Volteé y alumbré el camino a mis espaldas, todo parecía igual, los mismos arboles, la misma hierba e incluso los mismos granos de arena se hacían presentes a cualquier lugar al que apuntara, era como si estuviera atrapado, o peor, asechado. Una fuerza hercúlea me derribóhacia el frente empujando mi espalda, pude sentir cómo la tela y la piel se abrían dándole paso al caldo vital que me ataba a la realidad. Me giré y vi cómo, de un árbol, una gran cola colgaba, era alopécica, con la piel pegada a las vértebras.Seguí el trayecto del pendulante miembro con la luz y me encontré con un gran gato atigrado, con las zarpas enrojecidas por mi sangre o quién sabe la de cuántos más, mientras que,con su lengua bífida se lamía las dantescas manchas de entre los dedos. Cuando se supo a la vista, alzó la cara y pude ver ese tupido bigote y esos malditos ojos de vetas solares y sanguinolentas, con la lengua de reptil se lamió la nariz y me vio con atención, meneando la cabeza y la cola, curioso pormi siguiente movimiento.
Escuché un grito desgarrador y todo a mi alrededor se abrió, dejándome en un claro del cerro, lejos del pueblo, pero lo suficientemente cerca como para escuchar el dolor de aquel pobre anciano que todos culpaban de brujo, gritos arrancados desde el alma por quien sabe que dolores a los que losometían, mientras alguien más, la voz familiar de un hombre,gritaba:
—¡Él se llevo a la niña, que confiese en el nombre de Dios o que arda!
—¡Traigan gasolina! —alguien más bramaba en un éxtasis violento—, ¡que arda!
La última sílaba de la condena se vio opacado por el animal que se abalanzaba hacia mí, sumió sus poderosos colmillos en la carne de mi cuello, me arrancó el aire de la boca y la conciencia de mi ser. Al menos quien venga por la mañana a buscar a la niña tendrá una historia que contar.

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